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CUENTOS

1. El Canto del Angel del colaborador del ASIC La Llovizna: Francisco Sergio Martínez Cueto

Si bien quedó demostrado en el Auto de Fe de Logroño en 1610, la naturaleza diabólica del sapo, la ambigüedad de tal dictamen llegome de los archivos secretos del Gran Inquisidor dominico Enrico Visso, quien participara en la vista del proceso contra un tal Buffo Marinus, catalán, durante el estío de 1420. Basado en sus memorias, paso a narrar lo acontecido.
Si nos atenemos a la estética batracia, aquel sapo debería haber sido un bello especimen. Casi tan grande como una tortuga, poseía una gruesa piel cubierta por tuberosidades de coloración verdinegra que tornábase amarillenta en el vientre. Sendos tarrillos coronaban los ojos que, en su protución, semejaban dracolitos heredados de la arcana raza endriagal. A pesar de sus fémures macizos, el sapo apenas podía elevar su robustez sobre la tierra, de manera que se arrastraba –impedido el salto– a distancias efímeras de la charca y dormitaba jornadas enteras.
Durante una furibunda sequía escaseó el alimento y el animal no tuvo otra opción que la de migrar. Tras casi una semana de recorrido, la fiebre de la desecación atrapóle las entrañas, y un vaho a incienso brotó de sus fauces. Se aplastó sobre sí mismo y decidió, de una incierta manera, que dejaría de existir.
Encontrábase entonces a la vera de un prado cuya fina corteza dejaba aún filtrar la humedad del manto freático que había logrado mantener vigorosas sus aguas a pesar del estiaje. Solitaria, una encina de gruesas raíces y follaje ralo imperaba en leguas de desolación.
Desprendíanse ya las membranas rasposas cubriendo los ojos del sapo, cuando el aroma a podredumbre le azotó en un golpe de brisa. Fueron sus dos primeros y únicos saltos: cayó pesadamente, fofo, sobre la hojarasca entre las raíces. Un puñado de maríapodos, cucarachas y cochinillas corrieron azoradas; pero el intruso alcanzó una bocanada de élitros en la estampida.
Y a la sombra única de la encina, el sapo vio la guitarra. Podría haber sido también una vihuela, pues aún conservaba los contornos babilónicos y parte del cordaje; pero así, corroída y frágil por la humedad, empotrada en la maraña de las lianas bajas, nadie lo aseguraría. De cualquier manera, para el batracio significaba sólo una cosa: refugio. Y hacia ella se arrastró, roturando un sendero entre las hojas. Encontró el rosetón indemne, con su boca asombrada en espera, y saltó dentro. La guitarra dejó escapar gemidos en algún bemol y una conglomeración de larvas dióle la bienvenida al sapo.
Así comenzó la simbiosis. Pasaron los meses; las lluvias retornaron, y en sutil adagio, ambas entidades entraron en comunión. La guitarra, abandonada por algún juglar beodo, encontró en el inquilino un solícito auditorio… Y dejaba el viento rumiar en sus escasas cuerdas las tiernas melodías de las brisas, y el rocío hacía emanar de su caja acústica los cantos sedosos de la intemperie. Mientras, el sapo, al tiempo que engullía escarabajos y ciempiés, dejábase medrar por la sonoridad armónica y bebía de los barnices y la cola dulce de los empalmes la quintaesencia misma de la música.
Pero también con las lluvias llegó la tormenta postrera. La madera de las tapas culminó por ser tan friable como alas de mariposa; los diapasones, finos cual crines; el brazo, los puentes, huesos carcomidos.
Entrada la noche los primeros goterones ahuecaron despiadados la cubierta; y con la aurora, una racha famélica arrastró lejos sus últimos despojos.
Amaneció. El sapo, taciturno, lloraba. Fue quizás por ello que no advirtió a Buffo tiritando calado, pero sin apartar la vista del animal. Era el hijo del herrero de Vélez, un villorrio cercano. Había nacido deforme y creció lerdo. A pesar de un rostro que debió ser atractivo, tenía las piernas torcidas, el pecho hundido como gruta y unas manazas inauditas en el cuerpo endeble. Los andrajos goteaban un agua ambarina y los piojos perdían asidero en los largos mechones pegados a la frente.
Cuando el sapo notó la presencia del extraño, contrájose sorprendido y un flujo de aire salió disparado garganta afuera. Esbozó un salto, pero Buffo lo atenazó en el aire y mirándole estupefacto elevó al enorme batracio hasta su rostro. “¡Otra vez” –balbuceó el hombre- “¡Canta otra vez!”
Despavorido, el sapo exhaló de nuevo. Quizás, ni siquiera entonces, al escucharse, notara el canto sustituyendo al bramido: un tañido de lira esparcióse bajo la encina.
Buffo sonrió con la lengua mordida entre los colmillos rotos. Dio varios saltillos y, jadeando, llevóse la cabezota a la oreja. “¡Otra vez, otra vez!” –musitaba, como si no quisiera perderse una sola nota de las que pródigamente el sapo emitía. Por último, decidió sentarse en la raíz y depositó frente a él al animal tembloroso. Le escudriñó desenfocado a fuerza de tics, e inopinadamente sintió lástima de la criatura. Rascóse la cabeza desgreñada y posó los ojos en un tronco podrido que flotaba en un charco. Dos zancadas bastaron, y sin dejar de mirar al sapo, escarbó hasta encontrar un gusano rollizo. El sapo lo engulló tras un instante de vacilación.
Y cuando el sol marcó el mediodía, ya fuera por naturaleza insospechada del encuentro o por la sibilina empatía de lo grotesco, el sapo yacía cómodamente instalado en el pecho hueco de Buffo, quien, suspirando, rascábale con ternezas la panza insólita a cambio de melodías sublimes. Y, en el crisol de tantas variaciones, el éxtasis los embargaba.
Llegada la noche, Buffo decidió llevarse el sapo con él. Vivirían juntos en la choza abandonada por el porquerizo en las afueras del pueblo, donde ocasionalmente pernoctaba. Allí lo cuidaría y serían amigos, y nadie sabría su secreto. Cubrió, pues, con el jubón al animal y corrió de regreso a la villa.
Dos días más tarde, Buffo Marinus comparecía, ex oficio, ante el Tribunal Supremo de la Santa Inquisición de la Diócesis de Vélez, por los cargos de herejía y pacto satánico. Fueron citados como testigos más de una docena de personas, incluido el herrero, a los cuales Buffo había mostrado su portento.
El resultado fue concluyente, y entregado a la Justicia Secular, se le condenó a morir en la hoguera, sentencia que fue cumplida poco después.
El sapo fue, por su parte, confiscado y sometido a un Juicio Sumarísimo, cuyas actas han desaparecido. Todo evidencia que corrió la misma suerte, aunque lo único que nos consta es este detalle tomado de las memorias del G. I. Enrico Visso, en una página precedida por la huella de varios legajos arrancados:
“… Y ante Dios juro que jamás escuchóse cántico más conmovedor y vehemente que el del miserere entonado por aquel ser, antes de que el humo le anegara en sus volutas y las llamas de la pira redujéranlo a cenizas…”
1985.

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